domingo, septiembre 15, 2019
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Basado en hechos no tan reales

Por Daniel Centeno M.

El año pasado se transmitió una serie de televisión que arrasó con varios premios. Recibió el nombre de Fargo, y la verdad fue que no tuvo desperdicio. Cada uno de sus 10 capítulos arrancaba con la leyenda “basado en hechos reales”, al igual que su película homónima de 1996 realizada por los hermanos Coen. Ambos audiovisuales relataban un crimen y sus consecuencias dentro de la América profunda. Los dos bastante absurdos e irreales dentro del marco de una existencia monótona y apacible.

La película fue un éxito para sus creadores. De hecho, ganó dos premios de la academia de las siete nominaciones que consiguió. Una de ellas, la de edición, fue quizás la más inesperada. Recayó en Roderick Jaynes, un tipo desconocido en la industria, un hombre que además no fue a la entrega cinematográfica y mandó una foto que patentaba su ancianidad. Chismes aparte, y para hacer esto más corto, con el tiempo se descubrieron dos cosas: ni el veterano existía (eran los mismos Coen los que hicieron este trabajo) ni la historia del filme sucedió en verdad (eran los mismos Coen los que parieron todo el cuento). No obstante, los saqueos del cine a la realidad son infinitos.

Argo (2012)

Ben Affleck

Fue la película revelación de un año un tanto flojo, y la tercera película que demostró los buenos “haceres” de Affleck detrás de la cámara. La trama ya parecía parida por guionistas: seis norteamericanos se encuentran en la embajada canadiense de Teherán en espera de rescate. La CIA inventa una película, y los hace pasar como parte del equipo de producción del largo para luego escapar ante los ojos de un país hostil a Estados Unidos. Estos últimos quedan como héroes arrojados, en un plan en el que casi son sorprendidos en el aeropuerto. Pues, casi todo eso es mentira. Los de Canadá fueron los verdaderos titanes de la situación, fueron lo que protegieron a sus vecinos e idearon mil y una estrategias de escape. La salida del aeropuerto fue sencilla y sin levantar ninguna sospecha. Es decir, no hubo la persecución de la película, el descubrimiento casi a tiempo y todo el estrés que pasa el espectador. Por último, el agente Antonio Méndez, que nadie sabe por qué interpreta Affleck, es lo más alejado que se pueda imaginar del físico del galán hollywoodense. Obvio que las libertades al hacer Argo no se quedan acá, pero el espacio apremia.

Frost/Nixon (2008)

Ron Howard

Otra película de un actor devenido en director de cine (muy exitoso, por cierto). Visto de alguna manera, la cinta puede ser toda una lección de periodismo para muchos “fablistanes” que colman nuestros medios. Esto es casi historia patria (o universal): después de todo el escándalo Watergate, todo el mundo sabe que Richard Nixon tuvo que renunciar a su cargo de Presidente de Estados Unidos. Fue la primera y única vez que esto sucedió en el imperio. Lo que más dolió para entonces fue la reticencia del ex mandatario a reconocer su error y pedir perdón. Un hombre rating, David Frost, se empecina en hacerle una entrevista con ese fin. La película, basada en el antes, durante y después de esos diálogos televisivos, está basada en una obra de teatro. Sus dos actores, además de competentes, te meten en ese mundo. No obstante, el mundo del cine se encargó de meterle Photoshop a ese episodio. Los encuentros no se dieron de esa forma, ni fueron cortados en los bloques que propone el filme. Por otro lado, nunca hubo gritería ni miradas tan histriónicas. Otro detallito: a pesar de estar inmensos, ni Frank Langella se parece a Richard Nixon; ni Michael Sheen a David Frost.

Noé (2014)

Darren Aronofsky

Esto ni siquiera sabemos si está basado en hechos reales. Pero sí en la Biblia, que para muchos cristianos es más real que la realidad misma. Con este pasaje no hay mucho qué hacer. Dios le avisa a Noé que va a caer un diluvio universal, y él debe salvar a su familia y a una pareja de cada especie de animal para repoblar el mundo. Es la alegoría de la depuración o del borrón y cuenta nueva por excelencia. Lo cierto es que las sagradas escrituras echan el cuento en corto y no hay mucho más qué decir. Aronofsky, quien ya venía crecido con The Wrestler y Black Swan, echó mano de la técnica de Marcel Schwob para escribir sus vidas imaginarias: meter cosas de su propia cosecha para facturar pequeñas biografías de personajes que ayudaron a forjar la humanidad. Pero la verdad es que Aronofsky tampoco es Schwob, y su intento no puede definirse de otra forma que no sea con la palabra parida: todo es un sinsentido, piedras que parecen Transformers y esconden ángeles adentro, Matusalén como un mago que vive escondido en el bosque, Sodoma y Gomorra, intentos de Noé por asesinar a su nuera dentro del barco y quién sabe qué más. Todo el mundo tiene en su memoria una película que el sólo verla convoca al rubor de la pena ajena. Noé es una de las que forman parte de la lista de quien esto escribe.

Amadeus (1984)

Milos Forman

 La película es una genialidad que gana con el tiempo. Pero no hay que olvidar que es una realidad intervenida. Quien crea lo contrario, pasará grandes aprietos en cualquier reunión de intelectuales. La cinta, basada en una obra de teatro de Peter Shaffer, da cuenta de la rivalidad de los compositores Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart. Y el planteamiento no deja lugar a las dudas: el encono del primero con el conocido genio, termina por llevarlo a la tumba en plena composición de su famoso réquiem. Ahora bien, ninguno tuvo pique con el otro en vida. Salieri no era un músico menor y siempre reconoció el talento de Mozart. De hecho, es más posible que fuera éste último quien tuviera el resentimiento con Salieri. Mozart opina de Bluck y Handel como compositores aburridos, cuando en vida reconoció gustarle sus propuestas. Salieri no fue un hombre casto, cuyo sacrificio se lo dio al Altísimo. Al contrario, se casó, tuvo siete hijas y una amante reconocida. Mozart no componía en una mesa de billar. Tampoco se murió horas después del estreno de La flauta mágica, sino a tres meses de esa presentación. En la película hay una marcha que compone Salieri y que Mozart mejora a los ojos de todos. Pues, esa melodía es 100% de Mozart. No obstante, hay que reconocer que el trabajo de intervención histórica hecho por Forman y su equipo es impecable. La realidad que ellos plantean ha logrado enquistarse en el imaginario colectivo como la única posible.

Otros ejemplos

 La lista es larguísima pero conviene hacer un somero repaso. Casi en cualquier película sobre el Libertador Simón Bolívar lo pintan como un semidiós, empecinado en la igualdad, excelente estratega militar y con una justicia a toda prueba. Lo penoso es que las sombras de este personaje histórico suelen contradecir cada supuesto anteriormente mencionado, aunque esfuerzos millonarios como los de Alberto Arvelo quieran decir lo contrario. La dictadura perfecta de Luis Estrada fue todo un suceso en México. El problema fue que durmió a todo el mundo con el excesivo metraje, basado en colocar decenas de sucesos reales de su política en clave de fantasía. César Chávez fue el primer largometraje como director de Diego Luna. Y sí, el personaje es importante para los chicanos. El pequeño detalle es que sus acciones en contra de los mexicanos que cruzaron a Estados Unidos en busca de un mejor futuro, distaron de ser benévolas e inclusivas. Seguir con esta retahíla de imprecisiones fílmicas sería como volar “hasta el infinito y más allá”, pero eso es de Toy Story y ellos sí que no se meten para nada con la realidad. Si no que lo digan los píxeles de Buzz Lightyear.

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