sábado, abril 20, 2019
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Sobre el humor y otras yerbas literarias

“Los humoristas y los filósofos dicen muchas tonterías, pero los filósofos son más ingenuos y las dicen sin querer”. Noel Clarasó Por Daniel Centeno M.

En una vieja entrevista de un periódico de Pueblo Caribe el escritor venezolano Otrova Gomas hizo una distinción que viene muy a cuento con este texto: “El cómico es quien ríe de la persona que se cayó al pisar una concha de plátano; el humorista fue quien la puso en el suelo”.

Si se toma en consideración lo anterior es lícito afirmar que el humor requiere de cierta arquitectura. Es un constructo intelectual que busca estremecer cimientos. Se basa en segundas, terceras y penúltimas lecturas e intenciones. No es algo que nace de la nada y que se suma al común denominador. Quizás es por esta razón que muchos estudiosos afirman que el humor es resistencia. De allí que no sea muy descabellado hacer las relaciones entre los Estados totalitarios y la persecución a quienes ejercen el arte de dibujar sonrisas en los cerebros y no en las caras.

Sigmund Freud llegó a estudiar el fenómeno. Páginas sobre el chiste y el humor fueron despachadas por su pluma. Sería tonto negar la ironía que encierra el hecho histórico de un hombre tan grave escribiendo sobre temas tan poco solemnes. Para el padre del psicoanálisis, el chiste no tenía demasiada ciencia. Eran hechos chocantes u ocurrentes que afloraban en la consciencia como elementos propios del inconsciente: del breve escape de la represión venía el placer, y éste solía aparecer con la carcajada. De allí que el chiste tenga algo de liberación y contribución a lo cómico. También no es errado decir que en el hecho chistoso el carácter dramático de la realidad sirve sólo desde el punto anecdótico.

El humor, entonces, es otra cosa. Es una manera de negar una realidad que sí es esencialmente dramática para el humorista. La forma como lo hace es enfrentándola mediante la rebelión. Para Freud, además de mantener un carácter grandioso y exaltante, esta rebeldía se manifestaba en el triunfo del narcisismo y en la victoriosa confirmación de la invulnerabilidad del yo. Ésta última no es resignada y se logra imponer sobre la adversidad de las circunstancias reales (el humor negro es una de las variantes que más vienen a cuento, por ejemplo). Y también es evidente que en estos dominios la risa esté más controlada, porque su placer jamás tendrá la intensidad con la que viene dado el chiste o lo cómico. Su parcela, en cambio, es otra: la de la sonrisa.

No es de extrañar que Freud haya escrito sobre este tema, cuando muchos siglos atrás Aristóteles hizo lo propio en su Poética. Aunque en este caso los procesos fueron explicados mediante la tragedia y la comedia, es todo un hecho la vigencia que aún mantiene este pensamiento. Para el griego, “la segunda intenta representar a los hombres peores de lo que hoy son; la primera, mejores”.

En la opinión de este filósofo fue esencial el nacimiento de lo que llamó “un cuadro dramático de lo ridículo”, capaz de imitar a los hombres peor de lo que son. Entonces podría afirmarse que lo ridículo se convirtió en un nuevo elemento, que para Aristóteles era otra especie de lo feo.

I

¿Por qué tanta parrafada abisal sobre el humor? Porque quizás sea necesaria para entender los ejemplos que se irán destilando. Porque quizás para hablar del tema se tiene que lograr un grado de seriedad. Porque quizás con todo lo anterior quien esto escribe gane cierto respeto en el lector.

Por una, varias o todas las anteriores.

Recorrer el mundo literario del humor es casi un viaje sin retorno. Baste decir que El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha suele ser considerada la primera novela moderna. Polifónica, con juegos de cajas chinas y momentos autorreferenciales, esta obra fue publicada en 1605 bajo la total responsabilidad de su autor: Miguel de Cervantes Saavedra. Y, ¿cómo no decirlo aquí?, se solaza en la parodia de las novelas de caballería, al crear a un noble loco que sale a enderezar entuertos después de llenar su cabeza de libros sobre héroes, duelos y espadas. En sus delirantes aventuras, contenidas en dos tomos, Alonso Quijano es acompañado por su fiel escudero, Sancho Panza, quien reconoce la demencia de su amo y no comulga del todo con los atributos de valentía, honor y decencia de su llave. Por eso se ha dicho que el Quijote es el hombre que debería ser, el ideal; y Sancho el que es, el real, el de a de veras. Y eso no es nada. Esplendores y miserias de la condición humana pueden leerse, de formas dramáticas o pícaras, en episodios que van desde los juicios en la isla de Barataria y la búsqueda del gigante Pandafilandio de la Fosca Vista; hasta el relato del cautivo y la misma muerte del personaje central, que fue creada por su autor para evitar nuevas versiones de una historia que ya había gozado con continuadores apócrifos.

Como todo recuento es injusto y parcial, vale la pena mantener tan mala raíz de esta afirmación para hablar de La conjura de los necios. Ser amante de la literatura humorística y no haberse leído este libro es un pecado mortal. La escribió John Kennedy Toole (1937-1969) antes de sus 30 años. Aunque los detalles del detrás de cámara del libro son bastante trágicos, fue un clásico instantáneo tras su tardía publicación en 1980. Rememorar sus episodios ya es causal de sonrisa: un gordo que vive con su anciana madre, Ignatius Reilly, tan vago como genial, es obligado a ganarse el sustento en la calles de New Orleans. Lo hace a regañadientes en un mundo que odia y critica en esos cuadernos, en los que mezcla filosofía y pensamientos de gente como Boecio, Chesterton o Addison (bajo la autoría de algunos pseudónimos como Tab, Gary, Lance o Darryl, “vuestro chico trabajador pacifista o activista”). Las situaciones estrambóticas, para provocar un cambio en la sociedad, se suceden en las peripecias de un desadaptado dentro de un mundo que se le hace idiota e incontrolable. Tanta marca dejó La conjura de los necios que es la calle Canal de New Orleans la que tiene la estatua de su personaje principal, siempre altivo, siempre gracioso, pese a la horda de borrachos que pasan a su lado con rumbo al mismo infierno: Bourbon St.

Más cercano a las culturas de por estos lados se ubica la obra de Jorge Ibargüengoitia. En su volumen de cuentos La ley de Herodes (que es una abreviatura del dicho mexicano: “O te chingas o te jodes”), el personaje principal de la totalidad de los relatos parece ser un alter ego del autor, que refiere con cierta solemnidad cada uno de los episodios vividos en una cotidianidad esperpéntica. La voz se sitúa en una primera persona reconocible y los eventos que registra van desde la visita a un médico o la firma de papeles de propiedad de una casa; hasta las tramas de enamoramientos en apariencia inofensivos, como el contenido en el relato What became of Pampa Hash?

El autor tira un ancla a la realidad desde el mismo título del libro y establece un pacto que desde el principio planea en lo coloquial. Es posible que ésta sea una de las razones por las cuales logra con mayor facilidad el trato con el lector: por su lenguaje directo, sin mayores florituras y anclado en el universo del hombre común. Los lugares que refiere son reconocibles, como también lo son las situaciones. Y, con todo armado, busca en el lector a su cómplice escucha. Sin embargo, de entre el abanico de recursos de los que dispone, la poética de Jorge Ibargüengoitia se alimenta mucho del sentido de lo inesperado.

En su mejor obra, la novela Los relámpagos de agosto, el autor parodia el género memorialista de los volúmenes escritos o encargados por los militares de la Revolución Mexicana, y crea una trama de traiciones y maquinaciones políticas con el absurdo como carburante principal. Llama la atención que este autor haya coincidido en espacio y tiempo con otros nombres que cultivaron tan bien el humor como Augusto Monterroso (Obras completas y otros cuentos, La oveja negra y demás fábulas, y Lo demás es silencio) y Juan José Arreola (Confabulario). El primero lo logró mediante la ironía y una fingida inocencia; el segundo, gracias a las bondades de lo políticamente incorrecto y a la simulación de diferentes registros narrativos (el corrido mexicano, el anuncio comercial, la semblanza biográfica, el chisme de pueblo, la alegoría, la carta de reclamación, el ensayo erudito y el científico).

II

Existen otros tantos ejemplos para armar una primera biblioteca humorística: Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa; Tres tristes tigres y Vidas para leerlas de Guillermo Cabrera Infante, Wilt de Tom Sharpe, Noticia bomba de Evelyn Waugh, Aquí no paga nadie de Darío Fo, El inimitable Jeeves de P.D. Wodehouse, Amor se escribe sin hache y Pero, ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? de Enrique Jardiel Poncela, La vida exagerada de Martín Romaña de Alfredo Bryce Echenique, El seductor de la patria, La sangre erguida y Amores de segunda mano de Enrique Serna, Obras incompletas de Aníbal Nazoa y Humor y amor de Aquiles Nazoa. Más recientemente Venezuela ha contado con páginas espléndidas de Salvador Fleján, Federico Vegas, Norberto José Olivar, Juan Carlos Chirinos, Fedosy Santaella, Milagros Socorro, Lucas García o Roberto Echeto. Mención especial, y para un estudio mucho más sesudo que el presente, tendría que contarse el humor solapado -o no- en los libros de autores como Francisco de Quevedo, Lawrence Sterne, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Maquiavelo, Molière, Guillaume Apollinaire, Roberto Arlt, Pedro Emilio Coll, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Elena Poniatowska, Luis Rafael Sánchez, Javier Marías, Ana Lydia Vega, Francisco Massiani, Teresa Dovalpage, Pedro Juan Gutiérrez, César Aira, Enrique Vila-Matas o Roberto Bolaño, entre muchos más.

III

Para terminar cabrían dos citas de Arreola sobre el humorismo:

“Me siento feliz de haber desembocado en humorista. Quizás lo que más pueda salvarse de mí es el soplo de broma con que agito los problemas más profundos (…) Allí el viento de mi espíritu se mueve con una sonrisa macabra y funesta. Tal vez tengo una incapacidad para tratar en serio los grandes temas. Necesito salirme por la tangente de la pirueta (…) todo ese humorismo está hecho de lágrimas, de rechinar de dientes, de pavor nocturno, y sobre todo de la idea espantosa de la soledad individual”.

Lo trágico como fondo del humor. Así lo entendió Arreola: no se puede hablar del fenómeno humorístico sin la revisión, la crítica y la nula complacencia. La sonrisa que elabora no es de triunfo, es de reconocimiento dentro de una realidad incómoda.

Y, por si aún quedan dudas, viene la segunda cita de Arreola. Ahora sobre lo que es ser un humorista:

“Es el que ve las cosas al sesgo, ya que de frente son demasiado impresionantes. Y es precisamente esta mirada oblicua, que descompone el mundo sometiéndolo a una suerte de efecto de prisma, lo que nos ayuda a ver mejor la realidad (…) el verdadero humorista —y no me refiero, desde luego, al guasón o al chistoso de plazuela— es aquel que en última instancia nos puede dar una imagen más cabal del mundo”.

Algo más serio, imposible.

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