domingo, septiembre 15, 2019
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Moscú, la nueva urbe de Occidente

A casi 20 años de la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la llamada “Guerra Fría”, Rusia acuna en su capital una significativa mezcla cultural e histórica en contraste con las extraordinarias transformaciones propias de la nueva economía, que hacen de esta ciudad una de las más cambiantes y excitantes del nuevo mundo occidental

Por Lucas Monsalve – Historiador

Quizás sea la imagen más hermosa que ha podido crear el hombre. La iglesia ortodoxa de San Basilio, construida en 1552, con sus cúpulas de mil colores sobre curvilíneas interminables, se enclava al frente del centro histórico y cultural de Moscú: la Plaza Roja. A su izquierda, la muralla del Kremlin arropa el muy concurrido mausoleo de Lenin, quien se convirtió en símbolo clave de la extinta Unión Soviética desde su muerte, en 1924. En el lado contrario de la plaza, justo frente a Lenin, un enorme e histórico edificio alberga hoy en día uno de los centros comerciales más famosos y lujosos del mundo, el GUM, donde todas las principales marcas comerciales de Europa y Estados Unidos tienen su espacio. Esto es el mejor ejemplo de la actual Moscú.

El proceso de apertura económica que sufrió Rusia en los últimos años ha logrado impactar de forma violenta sólo a su capital y, de ésta, quizás únicamente al núcleo urbano. Sin embargo, en aquellos lugares donde su influencia ha llegado, es tan fuerte el contraste con lo que lo antecedía que resulta imposible pasar inadvertido.

Moscú es hoy una ciudad de transformaciones y contradicciones. Se ve en sus edificios que conjugan la majestuosidad de la época de los zares con el sobrio y robusto estilo soviético y la tecnificación y sofisticación de la arquitectura contemporánea, pero no diferenciado por zonas sino uno al lado del otro. Se ve en su gente, la llamada “alma eslava” introvertida y sentimental que actualmente muestra una cara sugerente y chic. Se ve en su orden social: por un lado pasivo y aún sigiloso, por el otro rebelde y ostentoso.

Parado frente a la tumba del soldado desconocido, en pleno centro histórico de Moscú, se puede comprar un Big Mac y luego distraerse con la grandiosidad de las vallas publicitarias de marcas como Rolex o Armani de los edificios de alrededor, la mayoría en proceso de restauración. Si se toma el metro (opción por lo demás obligada para cualquier turista), después de pasar el asombro que producen la belleza de sus acabados en mármol y sus interminables escaleras eléctricas, seguramente ha de sorprender la belleza y sofisticación en el vestir de las jóvenes mujeres rusas: larguísimos tacones, faldas cortas (aún en invierno), ropas de marcas conocidas, maquillaje y accesorios perfectos. Los pasajeros tropiezan sin estorbarse, con la exagerada sencillez de casi todos los hombres y de muchas mujeres de mayor edad.

Grandes empresas como Louis Vuitton, Tommy Hilfiger, Nike o Inditex (responsable de la marca Zara), entre otras, han apostado por Moscú como base para su ampliación de mercado internacional, por lo que abren cientos de tiendas nuevas cada año. Moscú es una ciudad abierta al cambio, con una gran población joven y un poder adquisitivo muy alto para una parte de sus habitantes. No en vano es, en la actualidad, una de las ciudades más caras del mundo. Por sus calles se puede ver la mejor exhibición de lujosos carros de último modelo, que van desde los deportivos de Porsche o Maserati hasta los rústicos de la marca Hummer, muy populares en esta ciudad.

Moscú no ha escapado al proceso de la globalización, pero éste ha llegado de forma tosca y muy desigual, semejante quizás a lo sucedido en varias urbes latinoamericanas. Aún cuando históricamente Rusia se consideró en algún momento más parte de Oriente que de Occidente, el mismo proceso globalizador le acercó nuevamente con su origen occidental. El pueblo ruso es de herencia cristiana y no budista o islámico, como gran parte de Oriente. El ateísmo instaurado por la fuerza durante el período socialista contrasta hoy con el resurgir lento pero seguro de una iglesia ortodoxa aún grande, aunque sea por sus obras. La pasión por el arte europeo se manifiesta abiertamente en varios de sus edificios restaurados, como el grandioso teatro Bolshoi. Varias galerías de arte muestran hoy obras de calidad igual o superior a las expuestas en museos como el Prado o el Louvre, sólo que sus artistas siguen siendo desconocidos por gran parte del mundo occidental, como desconocida sigue siendo la ciudad de Moscú: una inmensa urbe en proceso de descubrimiento y reinvención.

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