domingo, septiembre 15, 2019
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Diego Luna: Domando monstruos

Atraído por la fascinante historia del activista mexicano-americano César Chávez, una vez más el actor azteca se sienta en la silla del director

Por Janina Pérez Arias

“¿Dónde está mi teléfono?”, se pregunta Diego Luna (Ciudad de México, 1979), primero como un susurro, hasta que la búsqueda le obliga a dirigir la interrogante a dos de los agentes de prensa, que cuales centinelas, velan que se cumplan los minutos otorgados de entrevista. El aparato aparece como por arte de magia, Luna le echa una rápida mirada, pide un espresso, y como todo un profesional que es con el trato hacia los periodistas, dice irónico: “¿De qué quieres hablar? ¡Hablemos de otra película!”

Sin embargo, ni él mismo está dispuesto a conversar de otra cosa que no sea de César Chávez, el objeto de su nueva película. En su segundo intento como director, Diego Luna quiso contar parte de la historia del líder sindicalista mexicano-americano, fundador en 1964 de la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas (NFWA), que luego derivaría en la Unidad de los Trabajadores Agrícolas de América (UFW). El también paladín de los derechos civiles de los trabajadores indocumentados de California, gritó a viva voz “Sí, se puede”, emprendiendo una verdadera lucha que dio significativos frutos.

Esa frase que tanto suena a Barack Obama, fue tomada en efecto por el actual presidente de Estados Unidos, quien desde el momento en el que la empezó a usar le otorgó todo el crédito y reconocimiento al chicano. Esto lo cuenta Diego Luna como una más de las anécdotas que alimentan César Chávez protagonizada por Michael Peña, América Ferrara, Rosario Dawson y John Malkovich (también productor ejecutivo del filme).

—Después de la experiencia y el éxito de tu primera película, Abel (2010), ¿cómo fue el vértigo de enfrentarte a un nuevo proyecto?

—Fue muy intenso, y a veces dolorosísimo. En comparación con Abel, César Chávez fue una película gigantesca que a veces me costó mucho trabajo controlar. Al principio, en definitiva, no estaba listo para esto, porque fue como un monstruo indomable. Se me hizo muy duro.

—¿Por qué tomaste a César Chávez como objeto de tu segundo largometraje?

—Me interesó la historia. Me di cuenta de que sabía poco de ese tema, y que no se había hecho ningún filme sobre César Chávez. También la asumí como parte de mí porque mi hijo nació en California y llevo mucho tiempo teniendo una relación estrecha con esa región. También me parece que es una historia relevante y que puede motivar a muchas personas en otros contextos y realidades.

—Después de investigar a fondo la figura de Chávez, ¿qué impresión te causó?

—Para que veas qué tan complejo era este personaje, y de cómo se alejaba tanto del estereotipo, descubrí que la música que más escuchaba era jazz, por eso hay tanto jazz en el filme.

Recuerdo que alguien que vio la película me preguntó por qué no ponía más música mexicana, que faltaban rancheras… Yo le dije que pues no, que este personaje, además de ser hijo de primera generación de mexicano asentado en Estados Unidos, refleja la complejidad de la comunidad méxico-americana, y que pocas veces se ve con detalle. Se tiende más a generalizar, pero César Chávez hacía yoga, se volvió vegetariano, su música favorita era el jazz, hablaba en español con sus padres, en inglés con sus hijos, y con su esposa cuando hablaba de cosas serias era en español, además porque los niños estaban por allí y podían escuchar… Para hacer la coordinación de las reuniones sindicales, en lo que era un experto, las hacía en español, y para ello tuvo que perfeccionar el idioma. Cuando escucho las grabaciones de Chávez, siendo yo mexicano, puedo identificar que se trata de un mexicano-americano haciendo un esfuerzo por hablar una lengua que no es aquella con la que se expresaría.

—¿Qué tanto te aportó la familia de César Chávez?

—El primer acercamiento con la familia de César, fue particularmente con el hijo menor, Paul, quién lleva la fundación Cesar Chavez Foundation; también hablé con la gente del sindicato que crecieron con César. Pero quizá el encuentro más emocionante fue cuando platiqué con Helen Chávez (la viuda de Chávez) Es una mujer muy reservada que en principio venía como a darnos la bendición, y de repente se sentó y se quedó dos horas y media hablando. Tanto fue así, que regresé a re-escribir parte del guión, y ese material le dio el toque íntimo a la película.

—En cuanto al contexto histórico, ¿qué fue lo que más te sorprendió?

—Durante la investigación para la película, di con algo impresionante: en Estados Unidos en los años 30 se produjo un cambio que benefició a todas las industrias, menos a los trabajadores del campo. Ese hecho quiere decir que ya en aquel entonces se sembró el por qué hoy no hay una reforma migratoria, y queda claro que la comunidad campesina ha sido ignorada históricamente. Actualmente en EE.UU. hay una discusión sobre la reforma migratoria que no se entiende por qué no ha llegado, que tantas personas sigan viviendo en una realidad tan injusta, y que sea una reforma tan necesaria para ese país.

—Uno de los aspectos que se ve en la película es el boicot al consumo de uva, ¿alguna vez le has hecho boicoteo a un determinado producto?

—(Se sonríe y reflexiona) Déjame pensarlo… Sí lo he hecho… Es que hay cosas que de verdad no compro o trato de no hacerlo (pausa). Un día leí un libro de Lydia Cacho (periodista, activista y escritora mexicana) que me hizo entender mucho sobre la conexión entre las redes de prostitución y las de piratería. Entonces me di cuenta de lo cerca que estamos todos de una maquinaria espantosa y terrible. Por esa razón diría que mi boicot es hacia el mundo de la piratería, porque además lo vivo de cerca.

—Hoy un boicot se organiza en las redes sociales. Tú como usuario de las mismas, ¿qué importancia crees que tienen en nuestro tiempo?

—El boicot convocado por César Chávez fue a través de la radio, de panfletos, de la comunicación directa en la salida de los supermercados, viajando para llevar a otros lugares esa historia, y tuvo un alcance significativo, hasta el punto que de repente te encuentras a gente en California que te dice que sigue sin comer uvas porque crecieron con ese boicot. Sin embargo, hoy tenemos tantas herramientas, tantas posibilidades de comunicación, como las plataformas sociales, y parece que no las sabemos usar, que nos quedamos en la superficie.

¡No sé ni cuantos seguidores tengo en Twitter! La palabra amigo, entre los parques de diversiones y el Facebook, se ha denigrado completamente. Le das el “like” a no sé cuántas cosas, sin saber quién o qué está detrás de todo eso… Se está perdiendo la posibilidad de profundizar, y eso es peligroso, porque esas herramientas pueden distraer o conectar.

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