domingo, septiembre 15, 2019
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El frasco de un perfume

“Un perfume es una obra de arte, y el objeto que lo contiene debe ser una obra maestra”. Robert Ricci Por Kaoru Yonekura

La creación del primer ungüento oloroso fue, a su vez, la del recipiente para contenerlo. La delicadeza de los aromas y los fines para los cuales fueron convertidos en líquidos, otorgaron cuidado y belleza a la elaboración del frasco que conservaría intactas las propiedades odoríferas del contenido.

Es así como los frascos son considerados piezas de arte por sí mismas y no simples contenedores o complementos de los perfumes. Mientras que éstos nos permiten oler una historia, los frascos nos permiten verla y tocarla, y nos ofrecen una síntesis de los momentos de hombres y mujeres que vivieron en el tiempo. Si se observan con la meticulosidad de cuando se está frente a una escultura o a una edificación, estos frascos dan cuenta de los cambios históricos de una nación y de su imaginario.

Los egipcios son los pioneros. Vasijas de arcilla, otras de diorita, alabastro y madera, en formas humanas o de animales fueron encontradas en las tumbas. Los materiales son un acierto para mantener el contenido a bajas temperaturas y sus formas parten de una necesidad estética por parte de la civilización egipcia, aún para la realización de un objeto que sería sepultado.

La civilización griega fue diestra en todas las artes. Como es acertado suponer, también lo fue en la elaboración de vasijas para todos los usos. Así pues, se dice que crearon siete formas de contenedores de perfumes: de cerámica cubiertas de esmalte y pintadas a mano con motivos geométricos perfectos, animales fantásticos, escenas mitológicas, cotidianas, en perfecta armonía. Todas son consideradas como piezas insuperables en belleza.

Cuentan que los palestinos utilizaron botellas de vidrios de colores para almacenar sus perfumes y otros líquidos. No se sabe con exactitud si los recipientes de vidrio soplado en forma de frutas, conchas marinas y peces son también herencia de los palestinos. Sin embargo, con la aparición de estos recipientes, el vidrio -material versátil, ligero y transparente- desplaza al resto de los materiales para fabricación de los frascos y, casi inmediatamente, éstos fueron esmerilados para crear nuevas formas.

En tiempos de Julio César, el Imperio Romano distinguió los aromas de las ceremonias religiosas, el hedor de las áreas públicas y el perfume de su dictador. Los aromas para las ceremonias fueron dados por el incienso; el hedor, cubierto con agua de rosas y los perfumes, presentados en cerámicas a las que incrustaron piedras preciosas.

Con la caída del imperio y una naciente Europa dominada por los señores feudales, el perfume fue condenado por la Iglesia al ser considerado incitador del pecado. Naturalmente, se detiene la producción de sus frascos.

Sin embargo, en 1370 fue creado un perfume para la reina Isabel de Hungría. Así, los perfumes se esparcen por Europa. A partir de esta fecha podrían estar los inicios de la perfumería y sus frascos.

Los inicios pues, asocian a los nobles con la adquisición de perfumes y frascos por separado, de manera que el perfume favorito reposaría en el frasco favorito. La variedad de los contenedores ya incluía porcelana, oro, plata, conchas marinas, piedras semipreciosas y vidrio.

Con la llegada de la burguesía, los frascos se convirtieron en símbolo de poder y refinamiento, por lo que eran expuestos en los salones de las casas para la vista y deleite de todos los que transitaban en ella. Algunos frascos, incluso, fueron hechos para ser llevados como joyas.

Pero fue en el siglo XIX cuando comenzó la era del perfume propiamente dicha: con el Art Nouveau los diseños básicos de los frascos fueron adornados, por primera vez, con etiquetas y resguardados en cajas. La última década del siglo, inicio de la Belle Époque, es la cúspide de la presentación de los perfumes. Los frascos fueron realizados en cristal cubiertos con capas de latón y etiquetas doradas, recargadas, elegantes, francesas. Los destellos de los frascos eran los mismos que los de una nación que lograba su transformación económica y cultural pero, sobre todo, los de una nación que evocaba un pasado primoroso y anterior a la Primera Guerra Mundial.

El año de los sueños fue 1910. La interpretación de los mismos y el arribo de la psicología como rama de estudio, otorgaron a los sueños un gran poder en la cultura. Se hicieron complejas las formas de las botellas y los nombres de los perfumes. De esta manera, fueron mercadeados según los días, las estaciones o el carácter de las personas.

Diez años más tarde, el mercado del perfume llega a Estados Unidos. Y, con los perfumes, los frascos: la firma Baccarat presentó los suyos con cristales de altísima calidad y hoy mantienen su fama. Sin embargo, como toda expresión artística, la ostentosidad del cristal estalló en la Great Depression, período en el que los frascos se convirtieron en piezas conservadoras y realizadas en serie.

Fue después de la Segunda Guerra Mundial, en la que aparecen de una vez y para siempre los patronímicos fundacionales de la industria de la perfumería: Dior y Ricci. Ambos, cada uno con su personalísimo estilo, trajeron de vuelta el lujo, la extravagancia de los frascos de los perfumes y su delicadísima elaboración.

La escueta historia de la perfumería de los años 1950 recuerda la incursión en el diseño por parte de Dalí con una botella para Marquay: un hombre con sombrero de copa y corbata de lazo.

Con el Art Decó, los frascos de los perfumes pasaron a ser planos y angulares, con líneas duras, formas geométricas, sólidas y estrictamente simétricas. Son frascos que se muestran orgullosos como producto del progreso de las ciudades que se ordenan y conviven con sus maquinarias.

El pasado y el presente del frasco de un perfume tiene otros nombres: René Lalique, maestro vidriero. Las fuentes de los Campos Elíseos, Guerlain, Nina Ricci y otros perfumeros llevan su arte. Junto a Baccarat -que envuelve en su cristal, con incrustaciones de diamantes blancos y fragmentos de oro de 18 kilates, al Clive Christian Imperial Majesti, el perfume más costoso del mundo- se mantiene como el diseño más exclusivo de frascos de perfumes.

Pierre Dinand es una de las referencias de los años 80 y 90. Dedicado exclusivamente a la producción frascos de perfumes, sus diseños acompañan a Paco Rabanne, Yves Saint Laurent, Lancôme, Valentino, Givenchy, Armani y más de 500 diseños, más de la mitad de los frascos del mundo producidos en los últimos 50 años. Por su parte, los de Serge Mansau están diseñados sobre la base de la belleza natural. Hermés, Azzaro, Dior, Calvin Klein y desde hace más de 10 años, Kenzo, son algunos que integran larguísimo etcétera de su creación. También desde los años 90, Van Cleef & Arpels, Cartier, Tiffany, Bvlgari y Chopard adelantan el contenido de los frascos agregando sus joyas.

Sabemos del poder del perfume para anunciar una llegada y alargar su presencia, pero la historia de sus frascos sigue siendo sumisa, imprecisa y secreta, pero tan atractiva como la fantasía de sus escultores en el momento de su creación.

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