miércoles, diciembre 11, 2019
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Somos lo que bebemos

Por Elena Crespo

En Estados Unidos el juicing ha hecho furor a través del consumo de jugo de frutas y vegetales, como forma de desintoxicarse, perder peso y tener energía. Sin embargo, esta práctica con sus adeptos y también con sus detractores, plantea un problema crucial entre expertos y nutricionistas: que los jugos deben tomarse sin pulpa. En nuestro caso, que vivimos en un país en el que luce el sol prácticamente los 365 días del año, y estamos bendecidos por una extraordinaria gama de frutas tropicales, esto, a priori, no parece muy lógico si lo que buscamos es encontrar en lo que comemos una nutrición saludable y equilibrada.

Un planteamiento de vida, cuasi existencial, nada novedoso para el filósofo alemán Ludwig Feuerbach que ya afirmaba con acierto en el siglo XIX que: “somos lo que comemos”. Antes que él, Hipócrates ponía de relieve lo siguiente: “Sea el alimento tu medicina, y la medicina tu alimento”. Primer mandamiento: el equilibrio y la preservación de los nutrientes que nos dan los alimentos. De ahí que el blending ponga en valor el consumo de jugos con una licuadora convencional y consumirlos con todo su fibra.

Este proceso que todos, en mayor o menor medida, hacemos en nuestros hogares, es lo que trae Jugos Caribe, una empresa cien por cien dominicana, que a través de la producción de sus cuatros variedades: chinola, cereza, limón y carambola y guayaba, incorpora en el mercado local una tecnología innovadora mediante el prensado en frío, para mantener los nutrientes vivos e intactos, y el uso de tecnología HPP, que alarga la vida útil de los mismos hasta por cuatro meses si se mantienen refrigerados. “No hay ningún jugo en República Dominicana que se comercialice actualmente con esta tecnología”, señala Anna Batlle, cofundadora de la compañía.

Pulpa de frutas, agua y jugo de caña son los únicos componentes de estos jugos, sin conservantes ni azúcar añadida, cuya producción desde agosto de 2014, fecha en que despegara la compañía en el estado de Virginia, asciende a 500 mil botellas. Su distribución, 15 estados de la costa Este de Estados Unidos, incluyendo Washington D.C. y Nueva York.

En República Dominicana arrancaron en diciembre de 2017 para que toda cadena de logística, desde la producción a la distribución, opere desde el país. Un equipo de 40 personas de menos de treinta años está al frente comercial de la marca. “Queremos crear una marca dominicana que tenga una aceptación internacional”, explica Luis Solís, cofundador de la empresa.

Alrededor de 30 productores locales recogen manualmente la fruta en las provincias de Monte Plata, Azua, Barahona, Puerto Plata, Constanza, El Seibo, San Francisco de Macorís y Samaná (esta tres últimas para la recogida de chinola). “Dejar huella en las comunidades con las que trabajamos para nosotros es muy importante”, apunta Batlle.

Una generación de Millenials que apuesta por el trabajo colaborativo y la responsabilidad social. Un lujo como producto, mucho más para la marca país.

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